Autor: Àlvar Valls Solanes.

Grecia es noticia día sí, día también. Pero en los últimos días se han producido acontecimientos destacados que vale la pena evaluar tras nuestro artículo publicado el pasado 18 de junio. En él argumentábamos que, dados los incentivos e influencia de los principales participantes, era muy improbable que a corto y medio plazo Grecia abandonara la eurozona. A continuación vamos a repasar esas conclusiones a la luz de los acontecimientos recientes.

Antecedentes

Ya sabemos que las medidas adoptadas por el gobierno a cambio del rescate de 2012 estaban empezando a resultar en una tímida recuperación, que se interrumpió con la victoria de Syriza en las elecciones anticipadas de enero de 2015. El discurso anti-austeridad del nuevo presidente Alexis Tsipras provocó una crisis de confianza en la capacidad y voluntad del gobierno de satisfacer sus obligaciones internacionales, lo que produjo importantes fugas de capital y una grave crisis de liquidez bancaria que requirió la intervención del BCE.

Últimos acontecimientos

Esta era la situación mientras el pasado viernes el gobierno griego y la Troika se reunían para acordar un nuevo rescate basado en una propuesta por los acreedores que incluía reformas fiscales, de pensiones, de la administración, etc. Si no se llegaba a ese acuerdo, el día 30 el gobierno se enfrentaba al impago. Sin embargo, la situación se torció de forma inesperada cuando el gobierno griego abandonó la mesa de negociaciones para convocar un referéndum sobre la propuesta el sábado 27.

Mientras tanto, los depósitos de la banca griega continuaban retirándose y llegó un punto en que, para que la banca griega pudiera satisfacer las retiradas, requería de un nuevo aumento de los fondos de liquidez de emergencia concedidos por el BCE. Algo a lo que la institución monetaria europea se negó el pasado domingo. El próximo evento era, inevitablemente, la imposición de un corralito en Grecia, es decir, un impago a los depositantes. Finalmente, el gobierno protagonizó, el pasado martes 30 de junio, el impago más sonado de la historia del FMI: 1.500 millones de euros.

La situación parece abocada al desastre. Un gobierno populista recientemente elegido con casi una mayoría absoluta convoca un referéndum en el que hace campaña para que los electores voten rechazar las medidas propuestas por los acreedores. A su vez, los acreedores rechazan una propuesta de última hora de Tsipras y avisan que el “no” significaría votar no al euro y a la Unión Europea. ¿Acaso no han aumentado las probabilidades de que Grecia abandone el euro en poco tiempo? Veámoslo.

Gobierno griego

Decíamos en el artículo anterior que lo más razonable para el gobierno de Syriza era moderar su discurso y aceptar las condiciones ofrecidas por la Troika con algún tipo de reestructuración de la deuda. Sin embargo, la Troika, de momento, no se ha mostrado dispuesta a ello. Quizás por ello el gobierno de Grecia finalmente renunciara a las negociaciones. Quizás no viera tan fácil lo de moderarse: podía temer la reacción de su propio partido y aliados políticos, o podía no estar seguro de su margen de maniobra ante el electorado. Quizás realmente fuera para él una cuestión de “dignidad”.

El caso es que, ante la perspectiva del inminente impago al FMI y de lo que entendía como insuficientes concesiones de sus acreedores, ha tensado la cuerda más de lo que la mayoría pensábamos. Entre optar por el impago sin negociación – lo que le haría responsable de una posible salida del euro – o aceptar un acuerdo de última hora con las condiciones ofrecidas – lo que, después de su discurso, sería visto como una claudicación –  decidió pasarles la patata caliente a los ciudadanos.

La victoria del voto negativo le dará una percibida legitimidad para continuar exigiendo condiciones más laxas para el gobierno (la mayor laxitud finalmente obtenida sería probablemente muy limitada, pero la podría vender a sus electores) o para abandonar el euro (algo que, como decíamos en el artículo anterior, no tiene interés en hacer). La victoria del voto positivo le permitiría aceptar las condiciones actuales mostrando su descontento y contar con la justificación de estar llevando a cabo los deseos del “pueblo”, aunque lo más probable es que se vea obligado a dejar el gobierno tras su campaña por el no. En definitiva, con el referéndum ha ganado tiempo, cierto mérito entre algunos votantes, y quizás ha mejorado sus escenarios posibles. Sin embargo, sigue encontrándose en una posición débil; algo a lo que, por otra parte, ya estaba condenado, dada la obvia irrealidad de sus promesas electorales. A pesar de todo, no parece una posición suficientemente débil como para tirarse al abismo de la repudiación total de la deuda mediante una salida del euro.

Ciudadanos

También apuntábamos en el artículo anterior que los ciudadanos griegos claramente preferían el euro a su vieja moneda y creían que el gobierno debía aceptar las propuestas de las instituciones europeas. Pues bien, los resultados de la última encuesta de cara al referéndum del próximo domingo son algo más ajustados – 47% a favor y 42% en contra – pero muestran un mayor apoyo al sí que las anteriores. A medida que se acerque el día de la votación y las condiciones económicas y psicológicas impuestas por el corralito se hagan menos soportables, la indignación y la euforia desafiante continuarán dando paso a la resignación conciliadora, y es muy probable que el apoyo al sí aumente todavía más.

Podría no ser así. Pero el referéndum ofrece la suficiente ambigüedad como para retomar las negociaciones y llegar a un acuerdo sea cual sea la respuesta. Y es que la pregunta del referéndum hace referencia a unas propuestas concretas que, de ser rechazadas, pueden sustituirse por otras suficientemente similares y diferentes al mismo tiempo para evitar la salida del euro y respetar el resultado del referéndum. Por tanto, por mucho que los políticos europeos insistan en que se trata de una votación a favor o en contra de permanecer en el euro, la victoria del “no” no implicará la salida del euro.

Acreedores

Los últimos acontecimientos también vienen a demostrar que, efectivamente, a la Troika no le interesa que Grecia abandone la zona euro. Como decíamos, sus integrantes prefieren una reestructuración de la deuda en euros a un impago desordenado y posiblemente total con la vuelta al dracma. El FMI acaba de sufrir el impago más importante de su historia, y a pesar de ello el mundo no se ha acabado y su directora Cristine Lagarde se apresuró a mostrar una actitud conciliadora, diciendo que confiaba en que Grecia podría llegar a satisfacer el pago atrasado. Por su parte, dada la dudosa solvencia de la banca griega y según el BCE habría tenido justificación para, no solamente dejar de aumentar la provisión de fondos de emergencia para la banca griega, sino retirarla por completo. En cambio el consejo decidió que simplemente no aumentaría la provisión y afirmó que podían revisar la decisión en cualquier momento y en cualquier dirección.

Finalmente, también apuntábamos en el artículo que, si el BCE retiraba la financiación a la banca, se podían imponer controles de capital y una quita a los depositantes. Como decíamos anteriormente, no ha sido necesario retirar la financiación para que ocurra lo primero; ha sido suficiente negarse a aumentarla. Como esperábamos, ello no ha resultado en la salida del euro. Lo segundo todavía no puede descartarse, pero si ocurriera tampoco lo implicaría.

 Conclusión

En definitiva, las probabilidades de que Grecia abandone la moneda común próximamente continúan siendo bajas. El resultado del referéndum previsiblemente será “sí”, y aunque no lo fuera las negociaciones pueden continuar. Como decíamos en el artículo anterior, el postureo, las declaraciones y los titulares nos pueden dar la sensación de que el mundo está cada día al borde del abismo. La realidad es que las situaciones tensas en el ámbito internacional ocultan una estabilidad subyacente basada en las prioridades de los participantes que limitan el rango de resultados posibles y pueden alargarse mucho más de lo que creíamos sostenible.

Repetimos, pero, que la situación a largo plazo no parece sostenible si no se producen cambios significativos en las políticas fiscales sistemáticamente adoptadas por los gobiernos del sur de Europa. Algo de lo que no son los únicos responsables, pues las instituciones acreedoras suelen priorizar los pagos de la deuda a corto y medio plazo por delante de la creación de riqueza a largo plazo. De lo contrario, sus políticas propuestas pondrían mucho más énfasis en la reducción de impuestos que en su aumento. El resultado de esta priorización son economías permanentemente depresivas que provocan la peligrosa inestabilidad política que vive Europa.

 

Este artículo expresa la opinión de su autor y no necesariamente refleja la de todos los integrantes del equipo de BISSAN.